En este tercer día del SEFF, la Plaza de España ha sido declarada Tesoro de la Cultura Cinematográfica Europea por parte de la Academia de Cine Europea (EFA), que reconoce con este título a aquellos emplazamientos de rodajes con gran valor para el cine, para así poder preservarlos. Recordemos que en este lugar se han rodado grandes títulos como Lawrence de Arabia (1962) o El viento y el león (1975) y también como Star Wars Episodio II: El Ataque de los Clones (2002) o El dictador (2012).

Ya centrados en el certamen, pudimos ver tres nuevas películas de la Sección Oficial. La primera de ellas fue Zama, dirigida por Lucrecia Martel. Coproducción entre Argentina, Brasil, España, Francia, México, Holanda, Portugal, Estados Unidos y Líbano (casi nada), y basada en la novela de Antonio di Benedetto, cuenta la historia de Diego de Zama, funcionario de la corona española en el Nuevo Mundo del siglo XVII, que espera ser reconocido por su trabajo y recibir un traslado que le lleve de vuelta a España. Pero los años pasan y el traslado no llega. Cansado de la espera, decide lanzarse a atrapar al peligroso bandido Vicuña Porto,  y recuperar así su nombre.
Zama1
La película, que ha recibido críticas buenísimas, y que ha sido seleccionada por Argentina para representarla en los Oscar, resulta plomiza en muchos momentos. Hay fragmentos de diálogo (muchos) que se repiten sin que ello tenga sentido ni explicación, el ritmo es soporífero y hay elipsis inexplicadas en momentos en que no vienen a cuento. Eso sí, la ambientación de época es magnífica.

En Les gardiennes, Xavier Beauvois, director de la muy interesante De dioses y hombres), asistimos a una historia de una sutileza que enamora. Un drama que podía haber caído en el sentimentalismo barato con mucha facilidad, se mantiene en un nivel muy alto con una magnífica fotografía, una soberbia interpretación de la tripleta femenina protagonista y un guion que enamora.
Les gardiennes
Situada en la I Guerra Mundial, cuando los hombres están en las trincheras, son las mujeres las que deben quedarse en el hogar. Nathalie Baye, la matriarca de los Pardier, lleva la granja con la ayuda de su hija Solange (Laura Smet, que también es su hija en la vida real). Como están sobrecargadas, deciden contratar a alguien que les ayude, la joven Francine (la debutante Iris Bry). Cuando los hijos de la familia regresen de permiso, surgirá un amor inadecuado, con malentendidos y trabas.
Quizás tenga un exceso de metraje (veinte minutos menos no le harían daño), pero las imágenes son bellísimas, las interpretaciones inmensas, y pocas veces (por no decir ninguna) se había tratado el tema de la mujer en el mundo rural durante la I Guerra Mundial. Además, el estilo clásico de Beauvois le viene al pelo. Le caerá algún premio, seguro.

Por último, God’s own country (Tierra de Dios), premiada en Sundance, Edimburgo o Berlín entre otros festivales, que es una versión escocesa de Brokeback Mountain (tiene escenas casi calcadas). Un día más, aunque no se diga nunca, la programación del SEFF empareja películas de temática semejantes en el mismo día, y ésta (con granja, nuevos trabajadores y conflictos amorosos) viene justo después de la cinta de Beauvois, de la que acabamos de hablar.
Johnny Saxby es un joven que lleva la granja familiar ante la imposibilidad física de su padre. Ante las muchas borracheras que le llevan a hacer terriblemente mal su trabajo, su padre le obliga a contratar a alguien que ayude. Como sólo han recibido una propuesta, el elegido es un joven inmigrante rumano, que cambiará las cosas para Johnny.
photo by Agatha A. Nitecka
A pesar de las buenas interpretaciones (sobre todo las de Ian Hart y Gemma Jones), la química entre la pareja protagonista es escasa, todo suena a ya visto, y el acento escocés (ay, el acento escocés) obliga a leer los subtítulos aunque se hable inglés.

Además pudimos ver dos cintas de la sección Las Nuevas Olas: 9 doigts, con un arranque que recuerda en parte al cine expresionista alemán de Murnau (por ejemplo) y en parte al cine negro de obras como El tercer hombre por su estética, es la tomadura de pelo del certamen. Mil temas se mezclan sin ton ni son, quiere ser profundamente inteligente, pero es tan absurda y críptica que lo normal es que provoque un cabreo de aupa.

Desde Suiza llegó, Sarah plays a werewolf, donde la Sarah del título, una adolescente de 17 años (por cierto, la actriz, Loane Balthasar, habla español a la perfección, ya que está viviendo ahora en Málaga) es solitaria, extraña e incomprendida, pero cuando se sube al escenario en los ensayos de su grupo de teatro, se transforma hasta casi entrar en trance. Así expresa sentimientos íntimos, algo que no haría normalmente. Detrás de este comportamiento que nadie parece entender, se esconde un secreto que la guía y la puede llevar a desenlaces inesperados.
Sarah plays a werewolfDesde el principio se siente una fuerte tensión corriendo por debajo del desarrollo de la trama, que dirigen todo hacia la explosión final. Sarah juega con todos, miente casi enfermizamente y tiene inclinaciones sadomasoquistas. La película tiene escenas intensas, como la representación que Sarah hace con una amiga, apasionada de Bataille, del martirio de Santa Bárbara (donde, ante la mirada de sus compañeros de teatro, es atada y golpeada). El arte y la vida deben ser violentos, si renuncian al conflicto no tienen sentido de la existencia, nos dice Katharina Wyss. Hay muchas otras referencias culturales en la cinta, aparte de Bataille. Están Romeo y Julieta, están Tristán e Isolda, la ópera El holandés errante, está Nietzsche. Y muchas de ellas ya van dando pistas de la cómo va a ser la resolución.
El debut en el largo de Wyss, es una película notable, que representa un descenso a los infiernos, la angustia que se incrusta en las raíces de una familia que esconde secretos apenas intuidos bajo una fachada de perfección

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