Tres nuevas películas, tres, para luchar por el concurso. Para empezar, todo un desafío, una película portuguesa, a medio camino entre la ficción y el documental, de tres horas de duración, a las nueve de la mañana: A fábrica de nada.
El planteamiento es ciertamente actual. Un grupo de obreros de una fábrica descubre que la administración de la empresa está desvalijando la misma, sacando de noche y a escondidas, la maquinaria y los materiales. Ante esta espantada de los jefes, los empleados deciden resistir, plantarse frente a sus puertas y negarse a abandonar la empresa. Una revolución se va encendiendo en esa fábrica en la que ya no se produce nada.
A fabrica de nada
La película, que logró el premio FIPRESCI en el pasado Festival de Cannes, sorprende ya que, pese a su duración excesiva (un recorte de cuarenta o cincuenta minutos tampoco le vendría mal), mantiene un buen ritmo, añadiendo de vez en cuando algún cambio inesperado de género (por ejemplo, a las dos horas y veinte aparece un número propio de un musical -en la foto- con la que, posiblemente sea la coreografía más cutre de la historia, pero realmente divertida).
Con una tesis muy interesante, intercalada por fragmentos de la vida personal de los trabajadores, que ayuda a que la historia no se haga demasiado pesada, es ciertamente una sorpresa.

La última cinta de la directora francesa Claire Denis es, a la vez, un giro en su trayectoria y la continuación más evidente. Estamos ante Un sol interior, una comedia anti-romántica, basada libremente en el libro del teórico Roland Barthes Fragmentos de un discurso amoroso, y que se centra en la vida de una artista parisina divorciada (una luminosa Juliette Binoche, que parece más joven a medida que pasan los años).
Un sol interior
Es una cinta que funciona, a pesar de que posee diálogos que muchas veces son forzados y agotan. Reconozco que son varios los momentos divertidos centrados en los sinsentidos del amor, como su final con la aparición de Gerard Depardieu, que la fotografía tiene también algún elemento destacable, pero no consigo entrar en ningún momento en la historia.

Tras arrasar en el Festival de Locarno, la opera prima del islandés Hylnur Pálmason, Winter Brothers, se centra en la vida de dos hermanos que trabajan en una mina casi abandonada. Johan, un tipo centrado y atractivo, y Emil, un friki de las armas que elabora alcohol casero con químicos robados. Un día descubren que ambos desean a la misma mujer, y es cuando la rivalidad estalla.
Visualmente potente, con una imagen dura, con grano, una fotografía que transmite al espectador la crudeza y la intensidad de la ubicación en la que se desarrolla la acción, es esta precisamente la que falla. Bien elaborada pero sin sustancia en lo argumental, que en realidad es bastante escaso.
Winter Brothers
Dentro de Las Nuevas Olas, vimos L’intrusa, visión interesante y pocas veces tratado de la mafia.
En un barrio marginal de Nápoles, Giovanna lleva La Masseria, una escuela de tarde para niños desfavorecidos. Un día, en una casa de las instalaciones se refugia la mujer de un mafioso de la Camorra junto a su hija pequeña y pide a Giovanna que la proteja. Cuando la niña también empiece a acudir a la escuela, para ella será una niña más, pero para la comunidad es un imán para gente peligrosa, que no quieren cerca de sus hijos, y exigirán que la niña y su madre se vayan.
La película se centra en el potente y sobrio trabajo de Raffaella Giordano, y de la sincera descripción del entorno que se hace sin ni siquiera salir de los límites de la escuela (como mucho, el camino a la casa de la propia Giovanna). Lo importante aquí es el tratamiento del tema del perdón (o la ausencia de él) y la crítica a cómo se pretende eliminar el problema trasladándolo a otro lugar, en vez de luchar por la reinserción.

L'intrusa

El cine griego está viviendo una época dorada, que ya dura bastantes años. Son varios los nombres de los realizadores que han cosechado éxitos internacionales en la última década. Desde Athina Rachel Tsangari y sus fabulosas Attenberg y Chevalier, a Alexandros Avranas y su brutalísima Miss Violence. Aunque el nombre que encabeza esta Nueva Ola del cine griego es, sin duda, Yorgos Lanthimos, autor de varias obras imprescindibles como Canino, Alps, Langosta o El sacrificio de un ciervo sagrado, su última cinta, premiada en Cannes y Sitges y que opta a tres premios de la Academia Europea de Cine, entre ellos el de mejor película.
El sacrificio de un ciervo sagrado2
Melodrama con toques de thriller y de terror, Lanthimos nos muestra una historia perturbadora, que mantiene una fuerte tensión durante todo el metraje, por la construcción de los planos, el modo en que los personajes se expresan y se relacionan y una banda sonora inquietante. La sucesión de los hechos lleva al protagonista (Steven, un prestigioso cirujano) a una situación límite, y el director nos deja sin aliento ante su actitud brutal con sus personajes, a los que no les guarda misericordia.
Visualmente magnífica, Lanthimos toma claros elementos del cine de Kubrick, de Malick, de Haneke, para montar, en un ambiente en apariencia modélico, una historia despiadada, en la que el sacrificio del título es la metáfora con la que el griego nos hace pensar a qué estaríamos dispuestos a renunciar por nuestro bienestar.
El sacrificio de un ciervo sagradoBrillante, desoladora, fría y precisa, Lanthimos nos ofrece una despiadada tragedia hipnótica, que te hace sentir mal desde el primer momento, que te hace plantearte muchas cosas, que te revuelve el estómago a la vez que te arranca una sonrisa (que hace que te sientas terriblemente mal por ello), y que consigue que, pese a todo, no seas capaz de retirar la mirada de la pantalla.

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