Contaba el maestro Alfred Hitchcock que una vez tuvo una idea absolutamente genial para el arranque de una película, en la que la cámara, en plano secuencia y con un travelling horizontal, acompañaba el proceso de creación de un automóvil en la cadena de montaje, desde el esqueleto más básico hasta el resultado final, con el automóvil ya completado, momento en el que, sin haber realizado ningún corte de cámara, un operario aparecía para abrir la puerta del vehículo y encontrar un cadáver en su interior. Decía que sabía incluso cómo realizar dicho truco si que se viese el truco. Pero desechó la idea porque no sabía cómo continuar con la historia para no bajar el nivel de tan sorprendente arranque.
En A violent life, Thierry de Peretti parece o tener ese filtro. La película comienza de manera muy potente: en un camino de tierra aparcan tres coches, dos personas bajan de uno y se montan en otro, y automáticamente son tiroteados hasta la muerte. Sin corte de cámara, vacían un bidón de gasolina en este auto y le prenden fuego. El coche arde, sin corte aún, y sin que los actores que hemos visto entrar hayan salido, durante largo tiempo. El problema viene después, en el resto de metraje, en los noventa y pico minutos que restan, donde es imposible mantener el mismo nivel.
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A violent life narra una historia convulsa, el nacimiento del Frente Nacional de Liberación de Córcega, donde la Mafia aprovechó para echar raíces  y mezclarse con el independentismo, los muchos atentados que cometieron sobre intereses del gobierno francés en la isla, las extorsiones a empresarios para ffinanciarse, y cómo este grupo se escindió en varias ramas que también se enfrentaban entre sí, asesinándose unos a otros. Allí, Stephane pasó de ser un joven de clase media a radicalizarse y convertir su vida en una continua persecución y huída.
El director mezcla el thriller con el drama interno del personaje, sin saber del todo hacia dónde decantarse. El argumento resulta algo enrevesado y con tanto jaleo, idas y venidas, grupúsculos y nombres de personajes que no están presentes en la escena, uno no termina de enterarse bien de donde debe mirar para comprender qué le están contando.

Ganadora del Globo de Cristal, el máximo galardón del último Festival de Karlovy Vary, Little crusader, la última propuesta del director checo Václav Kadrnka es una historia minimalista bella y profunda, en la que solo podemos escuchar unas pocas palabras en su hora y media de duración.
Durante las cruzadas, en plena Edad Media, el niño Jenik se pone su pequeña armadura y sale de la casa echando a andar, aprovechando que sus padres duermen profundamente. El padre, antiguo caballero, sale en su búsqueda en cuanto se da cuenta de su ausencia. Sólo lleva un retrato bordado con su cara, con el que pregunta a los desconocidos con los que se cruza en el camino. Claro, en aquella época, las distancias son mayores y los modos en que los humanos nos conectamos, bastante diferentes a los actuales.
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La película es críptica, visualmente hermosa, con una simbología religiosa que apenas podemos vislumbrar (los tres protagonistas masculinos representan la Santísima Trinidad). El drama no termina de funcionar, sobre todo porque los rostros no la reflejan y porque no entendemos las motivaciones (sobre todo, la de la huida del pequeño). Y lo cierto es que, la mayoría de las ocasiones, a pesar de la belleza (que sí, que existe, con planos hermosos y muy bien construidos, aunque exageradamente largos), no llegamos a encontrar el sentido: en las noches durante la búsqueda del crío, miramos el fuego, el padre mira el fuego, el caballo mira el fuego… ¿por qué?

La tercera película de la Sección Oficial del día, fue la catalana Penèlope, de Eva Vila, que abandona (es un decir) el documental para crear esta obra de ficción, esta revisión de todo un clásico como La Odisea de Homero. Y es que, como en aquella, un hombre vuelve a su tierra de origen tras treinta años de ausencia, mientras la mujer espera cosiendo. En este caso, él no es Ulises sino Ramón, y ella no es Penélope sino Carmen, y la tierra de origen no es Ítaca, sino Santa Maria d’Oló, en la comarca del Moyanés.
PenélopePenèlope fue el único proyecto español que este año ha recibido la ayuda del programa Eurimages, el fondo de apoyo a coproducciones europeas del Consejo de Europa. A pesar de ser ficción, Vila se dedica a contemplar, a acompañar y explicar con imágenes, sin apenas palabras, más allá de unas cuantas líneas de la obra que da origen al proyecto recitadas de vez en cuando. Si la decíamos que en Little crusaders había pocos diálogos, aquí ya la ausencia es casi total.
Aunque la intención es ubicar la historia fuera del tiempo y del espacio, ya que el tema del regreso a la patria, y de la espera del que no se fue, son universales, hay que destacar que el tema más de moda de la actualidad (esa independencia que no deja de tratarse en los medios) también aparece aquí.

Por último, en una de las secciones paralelas, la llamada ‘Senderos que se bifurcan’, en la que se proyectan películas en las que la realidad representada cede en algún momento para recorrer caminos insólitos del tiempo y el espacio, pudimos ver O ornitólogo, del portugués Joao Pedro Rodrigues.
Galardonado con el premio al mejor director en el pasado Festival de Locarno (aparte de otros muchos premios en otros tantos festivales), esta es una película compleja y difícil de definir. Fernando es un ornitólogo solitario que busca cigüeñas negras en los bosques de Tras-os-Montes, cuando tiene un accidente con la canoa en la que navega debido a los rápidos en los que se ve atrapado. Tras ello, es rescatado por unas peregrinas chinas que se han perdido camino de Santiago. Pero éstas, convencidas de que están malditas y que una fuerza diabólica las persigue por el bosque, lo atan y pretenden castrarlo para liberarse del mal. Y esto sólo es el principio de una serie de encuentros a cual más estrafalario.
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Es este un viaje inclasificable, surrealista y onírico, quizás la explicación esté en que, tras el accidente, nada sea real. Que Fernando esté incosnciente, o muerto, o que haya viajado a una dimensión paralela… Así podría explicarse con cierta lógica lo que ocurre. Como esos personajes que aparecen un par de veces con nombres distintos; o ese grupo de amazonas que cazan desnudas y a caballo; o que no sólo sea el ornitólogo el que mire a los pájaros, sino los pájaros a Fernando (vemos sus miradas subjetivas en varias ocasiones); o que (de golpe) Fernando se transmute en San Antonio de Padua, tornándose así en una cinta hagiográfica…
Mezcla entre la poesía y la lógica, Rodrigues crea una película hipnótica, con una bella fotografía y que, a pesar de su rareza, te atrapa, porque, como dice el protagonista casi al final, “no importa lo extrañas que parezcan las cosas, si son reales nos la tenemos que creer”.

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